Continuamos recorriendo los caminos de nuestra región para identificar lugares públicos y/o comunitarios que han cumplido o siguen cumpliendo una función importante para la población que habitó o habita nuestro espacio rural.
En esta ocasión visitamos la Escuela Primaria Rural Julio Argentino Roca, ubicada en Monte de los Lazos, 12 kilómetros al Este de la ciudad de Villa María sobre el límite entre los departamentos Unión y General San Martín.
Los campos que la rodean se llenan de hornos de ladrillos e invernaderos donde se producen hortalizas. En ese lugar se encuentran, todos los días, alumnos, docentes, cocinera y personal de limpieza y mantenimiento; conformando una comunidad educativa, cuya dirección está a cargo de Melisa Olaviaga, desde hace tres años
En ese encuentro cotidiano se renueva una historia que comenzó mucho tiempo atrás y aquí quisimos rescatarla para revalorizar a las familias que con grandes esfuerzos hicieron posible el surgimiento y permanencia de nuestra querida escuela.
A principios del siglo pasado, mientras la escolarización se estaba extendiendo como una posibilidad en todo nuestro país, los colonos que poblaban esa zona quisieron que también sus hijos tuvieran la posibilidad de estudiar y recibir un título oficial.
Además de algunas familias criollas, la gran mayoría eran familias de inmigrantes italianos y españoles que, como cuenta Juan Carlos Maciero Presencio, llegaron a la Argentina escapando “del hambre, la guerra y la peste”. En esta zona consiguieron comprar algunas hectáreas de tierra a la vera del ferrocarril, para dedicar su trabajo a la agricultura y la ganadería. El deseo de que sus hijos pudieran estudiar en el lugar en el que vivían se convirtió en un proyecto compartido.
Como nos contó Eduardo Veronese, la escuela “empezó en la casa del abuelo del Ángel Veronese”. Ese relato se repite como recuerdo fundacional, y consta en el Libro Histórico que, en 1923, la familia de Arcangelo Veronese ofreció su casa para que un maestro particular dictara clases a los niños de la zona mientras se iniciaban los trámites para conseguir un maestro oficial.
Es importante distinguir aquellas primeras clases particulares que se dictaron por el término de 3 años desde el comienzo de la Escuela Nacional Nº 184. En los cuadernos de actas, que conservan la historia de la institución, se encuentra una reseña histórica fechada el 25 de junio de 1934, donde se precisa que la escuela oficial ubicada en los suburbios de Villa del Rosario fue trasladada aquí, el 29 de octubre de 1926 y que las clases comenzaron el 3 de noviembre de ese mismo año.
La reseña también cuenta que la inscripción se fue incrementando desde el año 1927 y esa creciente demanda fue poniendo de manifiesto la necesidad permanente de contar con un espacio más adecuado para enseñar y aprender.
Las voces de aquellos primeros estudiantes resuenan hasta hoy en la historia de la comunidad, y sus nombres evocan recuerdos familiares y de amistad; lugares y paisajes; relatos y anécdotas que representan la historia viva de quienes habitaron esta región.
Marcela Veronese, ex alumna, vecina y actual presidenta de la cooperadora nos contó que cinco generaciones de su familia pasaron por estas aulas. Frase que se repite en los testimonios de ex alumnos que estuvieron visitando la escuela con motivo de estos cien años: “todos hemos pasado por esta escuela: padres, hijos, nietos y hasta bisnietos”.
Esa continuidad entre generaciones permite comprender el vínculo que los habitantes de esta zona rural fueron construyendo con la institución. Desde aquel primer momento fundacional, el sentido de pertenencia a la escuela y el compromiso de la comunidad fueron creciendo y consolidándose. Ese vínculo hizo posible un proyecto enorme: la construcción del edificio propio. La reseña de 1934 señala que, a medida que crecía la cantidad de alumnos, la casa donde funcionaba la escuela ya no reunía las condiciones de higiene y comodidad necesarias. Por eso, se convocó a los vecinos para impulsar la construcción de un local propio.
Una de las personas más recordadas de ese momento es Felipe Presencio, colono de la región que donó un terreno de media hectárea donde se construyó el edificio que permanece hasta hoy. Al ingresar a la escuela encontramos en sus paredes fotos que son testimonio de ese gesto de generosidad.
La donación del terreno hizo posible el siguiente paso: organizar la construcción. Según los registros escritos y la memoria oral, fueron los propios vecinos los que construyeron el edificio, convocados por la primera Sociedad
Cooperadora que, mediante la conformación de una comisión constructora, se abocó a la planificación y al levantamiento del edificio escolar. Ante la falta de recursos públicos, los materiales y el trabajo provinieron de la colaboración voluntaria.
Como consta en el Libro Histórico: “Se desprende de lo antedicho el esfuerzo de la colonia por dotar a los niños de un recinto donde se canalicen los afanes e instintos naturales del saber”.
La obra se dio por finalizada el 2 de mayo de 1933, y se inauguró el 4 de julio de ese año. Como se ve en las fotos de aquel momento, el edificio era alto y de ladrillos a la vista. Para quienes no vimos su transformación, cuesta reconocerlo en la fachada y en las aulas que existen hoy, aunque muchas de sus paredes sean las mismas de entonces.
Con el paso de los años, el edificio fue cambiando y la institución también atravesó transformaciones administrativas. La denominación de Escuela Nacional Nº 184 se mantuvo hasta el año 1978, cuando se llevó adelante la transferencia de escuelas nacionales a las jurisdicciones provinciales, en el marco de la Ley 21.809. En ese momento la escuela pasó a tener su nombre actual: “Julio Argentino Roca”.
A lo largo de esas transformaciones, la colaboración de la comunidad siguió acompañando la vida escolar. La Sociedad Cooperadora ha sido la promotora de la mejora y el mantenimiento del edificio escolar durante todos estos años, así como de la recaudación de fondos y de la organización del trabajo comunitario para solventar muchas de las necesidades de la institución.
Cada vez que se organiza una locreada o una venta de pollos, se acercan las familias históricas y las nuevas familias de la zona a colaborar, y cada vez que hay una fiesta empieza a correr la convocatoria de boca en boca. Nadie se quiere perder estos momentos de encuentro en los que la memoria compartida se hace presente y actual.
Cien años después de aquel momento fundacional, mucha vida ha transcurrido alrededor de esta escuela. El centenario ofrece la oportunidad de reunir las huellas de ese recorrido y escuchar a quienes pueden contarlo desde su propia experiencia.
Durante el presente año y como parte de la celebración de este aniversario, se llevaron a cabo proyectos escolares orientados a recuperar y transmitir la historia escolar. En ese marco hubo encuentros y entrevistas con algunos de los protagonistas: ex alumnos cuya niñez es de otro siglo y que traen en su memoria otros paisajes, ritmos y experiencias del lugar; Nelsa, una cocinera muy recordada, que venía desde su casa en una bicicleta de tres ruedas cada día durante veinte años; Oscar, que se encargó del mantenimiento durante mucho tiempo y dice que aquí pasó sus mejores años de trabajo; y también Amado Rueda Villa, productor quintero y propietario de la casa y el predio que linda con el edificio escolar, quien siempre estuvo y sigue estando presente a la hora de colaborar.
Reconstruir una historia también invita a preguntarse cómo conocemos el pasado. Aprender a escuchar distintas versiones y buscar sus fundamentos permite comprender que la memoria de una comunidad se construye con muchas voces.
En los relatos de los ex alumnos reconocemos a maestras y maestros disciplinados y rigurosos a quienes recuerdan con mucho cariño y respeto, a pesar de que los dejaban sin recreo cuando se portaban mal. Guardan en su memoria los recreos jugando al fútbol, al tejo, a la piola y al elástico. También recuerdan el trabajo en la huerta o en el jardín y la construcción de las tres carabelas de Colón con cáscaras de calabaza que pedían en la quinta vecina.
Describen sus cuadernos prolijos, la escritura pareja con plumín, los borradores hechos con lana de oveja y las carteras pesadas en las que traían los útiles.
Hay una idea que resuena en todos estos testimonios y que ilustra la fuerza de los lazos que habitan la escuela: la sensación de familiaridad. La comparación de la escuela con una gran familia nos habla del cuidado y del sentido de pertenencia que genera esta comunidad; de los aprendizajes de vida que dejaron huellas profundas entre quienes pasaron por sus aulas y del lazo afectivo profundo con lo que la escuela representa.
Ese sentido de pertenencia se ha renovado con la llegada de nuevas familias y con los cambios en la población de la zona. Con el tiempo, los hijos y nietos de aquellos colonos se fueron yendo de los campos y empezó a llegar a la zona una nueva población, integrada por inmigrantes bolivianos que, dedicados al trabajo en las quintas, cambiaron el paisaje del lugar y lo mantuvieron poblado. Los niños de estas estas familias son hoy en día la mayor parte de los estudiantes de la escuela.
Los distintos orígenes de las familias forman parte de esta historia compartida. Sus experiencias y saberes amplían el patrimonio de la comunidad y enriquecen los encuentros que tienen lugar en la escuela.
En ese presente compartido, los estudiantes de hoy también son protagonistas de ese recorrido. Mientras aprenden a conocer la historia de su escuela, sus propias experiencias comienzan a formar parte de la memoria que otras generaciones podrán recuperar.
Celebrar cien años es agradecer lo recibido y renovar el compromiso de enseñar, acompañar y hacer lugar a cada niño y a cada niña. La historia de la Escuela Julio Argentino Roca sigue escribiéndose en cada pregunta que nace en el aula, en cada aprendizaje y en cada encuentro.
Conservar estas voces y transmitirlas es una manera de cuidar el legado recibido y de ponerlo al alcance de quienes continuarán esta historia.
En Monte de los Lazos, las nuevas generaciones tienen todavía mucho por contar.
Responsables:
Investigación y textos: Erika Decándido,
Melisa Olaviaga (Directora)
Graciela Martin (Docente)
Coordinación: Héctor Decándido
Video y sonido: David Robledo
Voces: Claudia Cerón y Adriana Palmieri



